JUAN BAUTISTA AGUIRRE
Biografia
Juan Bautista Aguirre y Carbo nació
en Daule el 11 de abril de 1725, fue un notable escritor y poeta de la América
colonial. Es considerado como uno de los precursores de la poesía
hispanoamericana y ecuatoriana.
Fue hijo del capitán de milicias
Carlos Aguirre Ponce de Solís y de Teresa Carbo Cerezo, ambos guayaquileños.
Estudió en el Colegio Seminario de San Luis de Quito, en donde residió treinta
años, casi la mitad de su vida. En 1758 ingresó en la Compañía de Jesús.
Enseñó en Quito en la Universidad
de San Gregorio Magno hasta que los jesuitas fueron expulsados de
Hispanoamérica en 1767. El 20 de agosto de ese año partió de Guayaquil con
rumbo a Faenza, Italia, lugar de confinamiento para los jesuitas quiteños.
Ya en Italia, fue superior del convento jesuita en Ravena y rector del colegio en Ferrara. Luego de extinguida la orden de los jesuitas por el Papa Clemente XIV en 1773, fijó su residencia en Roma bajo el pontificado de Pío VI. Fue amigo del obispo de Tívoli, monseñor Gregorio Bamaba Chiaramonti, futuro Pío VII y su fecha de muerte fue el 15 de junio de 1786.
Obra, literaria y religiosa
Como escritor religioso Juan Bautista Aguirre cultivó la oratoria religiosa, y como filósofo redactó gran número de versos que responden a una amplia temática que va desde los poemas religiosos y morales a los de tipo amoroso, a menudo mitológicos. Su poesía se encuentra muy anclada en la corriente gongorina.
Juan Bautista Aguirre, pese a ser el primer poeta colonial de lo que luego sería el Ecuador, permaneció desconocido y subestimado por mucho tiempo hasta que en 1918 el intelectual ecuatoriano Gonzalo Zaldumbide le devolvió su merecido sitial por medio de un artículo titulado "Un Gran poeta guayaquileño del S.XVIII, el Padre Juan Bautista Aguirre".
La mayor parte de su producción no
fue descubierta hasta 1937, cuando se encontraron sus "Versos castellanos,
obras juveniles, misceláneas", entre los cuales destaca la epístola en
décimas "Breve diseño de las ciudades de Guayaquil y Quito".
Poesías
Poema
A una dama imaginaria
Qué linda cara que tienes,
válgate Dios por muchacha,
que si te miro, me rindes
y si me miras, me matas.
Esos tus hermosos ojos
son en ti, divina ingrata,
arpones cuando los flechas,
puñales cuando los clavas.
Esa tu boca traviesa
brinda, entre coral y nácar,
un veneno que da vida
y una dulzura que mata.
En ella las gracias viven:
novedad privilegiada,
que haya en tu boca hermosura
sin que haya en ella desgracia.
Primores y agrados hay
en tu talle y en tu cara;
todo tu cuerpo es aliento,
y todo tu aliento es alma.
El licencioso cabello
airosamente declara
que hay en lo negro hermosura,
y en lo desairado hay gala.
Arco de amor son tus cejas,
de cuyas flechas tiranas,
ni quien se defiende es cuerdo,
ni dichoso quien se escapa.
¡Qué desdeñosa te burlas!
y ¡qué traidora te ufanas,
a tantas fatigas firme
y a tantas finezas falsa!
¡Qué mal imitas al cielo
pródigo contigo en gracias,
pues no sabes hacer una
cuando sabes tener tantas!



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